Hans Jacobs era en 1936 probablemente el mejor diseñador de veleros del mundo. Había creado el Rhönbussard, el Rhönsperber y el fabuloso Reiher, entre otros. Y entonces recibió un encargo muy peculiar y secretísimo: desarrollar un planeador de asalto capaz de llevar 10 soldados. La idea se le ocurrió nada menos que a Ernst Udet, el famoso as de la Primera Guerra Mundial (62 victorias). Vio como un velero de investigación meteorológica despegó remolcado, voló y aterrizó sin problemas en el sitio designado con apenas un silbidito. Como cualquier velero, vaya.
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| En el Luftwaffen Museum tienen una réplica de un DFS 230 que contiene algunas piezas originales. Vean el gran tamaño en comparación con el Schulgleiter y el Messerschmitt 109. Berlín, Alemania, 2008. |
Udet pensó que eso había que aprovecharlo para crear una especie de caballo de Troya moderno, que permitiera introducir donde fuera tropas pasando prácticamente desapercibidas. En su condición de jefazo de la Luftwaffe, Udet puso en marcha el proyecto con todo lo que la maquinaria nazi podía dar. Así que el Instituto Alemán para la investigación del vuelo a vela (DFS en alemán), y Hans Jacobs, recibieron el encargo de crear el planeador que se convertiría en el DFS 230 y cuyo prototipo voló en 1937.
Jacobs creó un planeador grandote y funcional. Tenía mucha envergadura (22m) y un fuselaje largo y estrecho, en el que cabían 10 hombres en fila. El piloto iba delante en un asiento de cubo, y detrás el resto sentados muy apretaditos sobre un largo banco situado en el centro (5 mirando hacia delante y 4 atrás). El fuselaje era de tubo de acero soldado y las alas de madera. Estaba revestido en contrachapado y tela. No era un velero (no estaba pensado para aprovechar las ascendencias) y sin embargo volaba mucho. Sin carga conseguía un meritorio planeo de 1:18 (más que un Baby). Y con carga, unos impresionantes 1.200 kilos, 1:12. Por ejemplo, los 9 soldados que cabían sentados y unos 300 kilos más. El avión pesaba en total dos toneladas máximo (¡!).
El nuevo aparato en realidad llevó a una nueva doctrina militar y a desarrollar tácticas específicas. Hubo discusiones sobre si era más efectivo o no que los paracaidistas. En las pruebas que se hicieron, los planeadores de asalto eran capaces de poner a los soldados en el suelo y listos para el combate en el sitio deseado en 3-4 minutos, mientras que los paracaidistas tardaban 15. Había otro aspecto crucial: con suficiente altura, los planeadores podían soltarse a muchos kilómetros del blanco y en el descenso pasaban desapercibidos. Los paracaidistas saltaban de aviones con motor que pasaban encima del blanco y se oían.
Piensen en una misión: por ejemplo, 8 veleros con 80 hombres completamente armados, más lanzallamas y explosivos para demoler instalaciones. Los trimotores Junkers Ju-52 los remolcan a unos 200 km/h, hasta un punto situado a 10 kilómetros del objetivo y a unos 1.500 metros de altura. Se sueltan y descienden casi en silencio a unos 100-110 km/h. Llegan ligeramente altos, se sitúan en final, sacan los frenos y toman a unos 60/65 km/h, en sólo 60-70 metros. Los 10 soldados de cada avión (incluido el piloto) salen corriendo y realizan su misión con completa sorpresa. Esto es lo que hicieron en la toma del Fuerte Eben Emael en 1940, algo revolucionario para su época.
Para disminuir la distancia de aterrizaje se utilizaron medidas muy ingeniosas. Una de las primeras fue arrollar alambre de púas al patín de aterrizaje (¡!). La versión DFS 230B llevaba un paracaídas de frenado con el que podían picar hasta 70-80º sin aumentar mucho la velocidad, para hacer una recogida espectacular y dejar el avión en tierra en 20 metros (¡!). Esto debía ser aterrador, pero con entrenamiento lo lograban. Y el colmo fue el DFS 230C, que llevaba además 3 cohetes de frenado en el morro (¡!). Que actuaban “a la contra”, claro. El piloto los encendía al tocar el suelo y el avión prácticamente se detenía en seco (¡!). Además de crear una práctica humareda blanca que envolvía el avión y lo camuflaba de posibles disparos (¡!).
Se construyeron unos 1.600 DFS 230, que se utilizaron durante toda la guerra. Aunque de manera masiva sólo en la batalla de Creta en 1941. Los alemanes consiguieron la isla, pero sufrieron una escabechina atroz (en aviones de transporte, planeadores, tropas, pilotos y paracaidistas). A partir de entonces se utilizaron sobre todo para misiones de abastecimiento de unidades cercadas (¡!). El suministro era más bien caro: tengan en cuenta que el avión era “de un solo uso” y que tenía un coste no desdeñable de unos 15.000 reichsmarks (unos 70.000 euros actuales). Pero la ventaja operacional era muy grande. También se utilizaron en el famoso rescate de Mussolini en el Gran Sasso.
Naturalmente todo el mundo tomó muy buena nota. Los aliados hicieron sus propios planeadores de asalto, como el mucho más numeroso Waco CG-4 Hadrian. que podía llevar mucha más carga y era más espacioso. Estos aviones fueron decisivos en una serie de acciones del día D en Normandía. Con el tiempo y sobre todo con el desarrollo de los helicópteros fue posible llevar soldaditos a sitios difíciles. Y sacarlos de allí, claro. Los planeadores de asalto dejaron de tener sentido.
Que yo sepa nadie se ha propuesto hacer una réplica de un DFS 230 que vuele. Yo sería de los que pagaría por volar en el curioso artefacto. Para aterrizar en el Gran Sasso, por ejemplo, que es un sitio bonito.




































